domingo, 7 de marzo de 2021

Batidos y barritas para adelgazar. Situación actual de estos productos dudosos

 

Cuestionados y con más grasas: el negro futuro de los batidos y barritas para perder peso

Dicen que una nueva regulación los encarecerá al tiempo que les quita sabor. ¿De verdad se le está dando la puntilla a estos productos?




En un país donde en torno a la mitad de las mujeres y mucho más del 50% de los hombres tiene sobrepeso u obesidad, según una encuesta de 2017 del INE, los batidos y barritas para adelgazar pueden entenderse de dos maneras: como una valiosa ayuda para la salud o como un boyante negocio de futuro. La primera opción es difícil de defender con análisis como el que la OCU hizo en 2017, en el que le dieron a probar 8 barritas sustitutivas de una comida a 200 personas: su conclusión fue que las mejor valoradas en la degustación estuvieron entre las menos aconsejables desde el punto de vista nutricional. El sabor manda y las de chocolate triunfan... Y precisamente por eso, por el sabor, quizá el negocio de este tipo de fórmulas para el control de peso, que lleva más de tres décadas en las estanterías de parafarmacias, supermercados y un más que prolífico mercado de venta piramidal, ya no tenga tanto futuro. Por no hablar de una posible subida de precio.

La Unión Europea aplicará en 2022 un nuevo reglamento por el que los batidos y las barritas para adelgazar serán más caros y menos sabrosos, según un estudio presentado en el Congreso Europeo e Internacional sobre Obesidad, celebrado el mes pasado a través de internet. Kelly Johnston, profesora visitante del King’s College de Londres y directora de investigación de una empresa británica de programas de pérdida de peso, interpretó así los efectos que tendrán los cambios legislativos basándose en el experimento que ella misma dirigió. Lo que hizo fue elaborar 10 productos de acuerdo a la regulación actual, la que entrará en vigor dentro de dos años y supuestos intermedios, para luego dárselos a probar a un panel de expertos. Así resumió su conclusión en el congreso: “Es probable que las propiedades sensoriales de la nueva formulación incomoden a los consumidores. Además, la vida útil de algunos productos podría verse disminuida o, simplemente, hará que su venta sea inviable”. No derrochó esperanza, pero, ¿de verdad están estos productos heridos de muerte?

Presupuesto para más proteínas

Para perder peso hace falta un déficit calórico. O sea, ingerir menos calorías de las que se queman. Otra cosa es cómo. La directiva 96/8/CE de la Comisión, que es la que marca la pauta de los batidos y barritas para adelgazar que hoy mismo puedes encontrar en cualquier comercio, establece que el aporte energético diario de estos sustitutivos debe estar entre unas escasas 800 y 1.200 kilocalorías. Teniendo en cuenta que un adulto consume por término medio unas 2.000 cada día, supone ahorrarse la mitad de carburante en cada jornada. ¿Cómo? Sustituyendo cada comida por un batido (en torno a 200 calorías) o dos barritas (en torno a 125 calorías cada una). En total, habría que tomar al día al menos cuatro de los primeros u ocho de las segundas para llegar al aporte energético recomendado por la normativa. Pero, fuera del papel, se da por hecho que se cambian solo por tres comidas: el desayuno, la comida y la cena.

Además, esta directiva es la que dice cuánto hay que poner de cada macro y micronutriente. Por ejemplo, las proteínas —ese nutriente necesario para perder peso a costa de michelines y no de la masa muscular— deben suponer actualmente entre el 25% y 50% del valor energético total del producto. Con el nuevo reglamento, el contenido no podrá ser inferior a 75 gramos ni superior a 105 gramos por ración diaria total. Teniendo en cuenta que cada batido (en sólido) viene a pesar 180 gramos por día (dividido en tres raciones de 60 gramos para cada una las tres comidas), la nueva normativa significa de facto que casi la mitad sean proteínas. Aumentar la cantidad de este macronutriente en cada batido y barrita podría descuadrar los presupuestos de los fabricantes; Johnston aseguró que puede encarecer hasta un 38% el precio final y temen que los consumidores no estén dispuestos a pagar de más para pesar menos

“Efectivamente, la proteína es más cara que los azúcares y que ciertas grasas, pero hay fuentes más baratas como las vegetales que provienen de los garbanzos, los guisantes y la soja", aclara el dietista-nutricionista Álex Pérez Caballero, autor del blog El Piscolabis. Sin embargo, la proteína láctea sigue siendo la favorita. Mientras el gremio lácteo europeo (Euromilk) aplaude esta decisión, José María Puya, dietista deportivo, tecnólogo alimentario especializado en suplementos y director de Alimentología, advierte de que los fabricantes tienen margen para cuadrar precios reduciendo la calidad de la proteína láctea: “Existen distintos proveedores. Algunos son de muy buena calidad. Pero también hay low cost procedentes de Polonia o China. No descartemos la tentación de que los fabricantes se tiren a la más barata para no tener que repercutirlo en el precio o recortar sus beneficios. Y eso que estos productos trabajan con márgenes de beneficio bastante amplios”.

¿Adelgazar a costa del gusto?

Otro gran problema está en las grasas. Según la legislación vigente no deben superar el 30% del valor energético total diario, con un mínimo de 4,5 gramos para el ácido linoleico (un omega 6). La nueva norma impondrá un mínimo de 11 gramos y 1,4 gramos de alfa linolénico (los omega 3). Es decir, más del doble. Aquí Johnston también se quejó, por considerar que cambiará el sabor del producto. Según test que hizo con batidos que se ajustan a la nueva normativa, el aumento de grasa disminuye considerablemente la palatabilidad del producto. Por si fuera poco, también reduce el tiempo que aguanta sin perder sus propiedades. No es ninguna sorpresa: la grasa aporta sabor y textura a los alimentos, pero también se enrancia en contacto con el oxígeno o por las altas temperaturas. Y esto es un problema cuando uno quiere producir en cantidad y distribuir lo más lejos posible. La objeción en este caso sería que no hay evidencias para añadir tanta grasa a la comida de alguien que, precisamente, lo que busca es eliminar grasas.

Pero hay grasas y grasas, y de las que habla la nueva legislación son de las buenas, explica el tecnólogo de los alimentos: “Hablamos de ácidos grasos esenciales necesarios para muchas funciones vitales. Si alguien solo se alimenta con esos batidos, tendrán que llevarlos. Entiendo que puede afectar al sabor, pero la Agencia Europea para la Seguridad Alimentaria está primando la salud de los consumidores. El ejemplo lo tenemos en los suplementos de aceite de pescado que, aunque se intenten disimular, siempre tienen esas características organolépticas. Por lo que respecta a la duración, tendrán que añadir más antioxidantes u otros aditivos, aunque me temo que también deban acortar la fecha de consumo preferente”. El nutricionista coincide y recuerda la importancia de determinadas grasas en la dieta: “No podemos aspirar a comer sano eliminando la grasa porque es fácil tener déficit de alguna vitamina asociada a ella o de algún ácido graso esencial”. Pérez Caballero añade que estas no tienen porque empeorar el sabor, salvo que “los señores de la industria usen unas de mala calidad o procesos poco refinados en la elaboración”.

¿Y qué pasa con el azúcar?

El dietista-nutricionista y el tecnólogo critican un gran agujero en la nueva normativa: no se especifica cuánto de azúcares libres pueden llevar. Las autoridades sanitarias sugieren que en una alimentación saludable estos azúcares no deben superar el 5% de las calorías totales. Sin embargo, en algunos productos se dispara hasta el 36%. Este porcentaje es especialmente elevado en las barritas, convirtiéndolas en auténticas chocolatinas. “Es increíble que haya gente que no repare en eso. Si solo comes barritas, en un día te has metido unos 60 gramos de azúcar. La gente no se lo plantea porque, aun así, pierden peso debido al déficit calórico. Pero no significa que estén comiendo bien. Si solo comes una pizza de 1.000 calorías al día también vas a adelgazar y está muy lejos de ser una dieta saludable”, advierte Puya.

El tiempo corre y a dos años de la entrada en vigor de la nueva regulación la industria sigue moviendo sus hilos para no tener que aplicarla. Desde comunicados en prensa procedentes de asociaciones como Specialized Nutrition Europe (SNE) y Very Low Calorie Diet Industry Group (VLCDIG) alertando de que podría ser un desastre en el control de la diabetes tipo 2 y la obesidad hasta apelaciones a la ciudadanía a presionar a los europarlamentarios para que la detengan. La evidencia científica, en cambio, revela que estos productos solo suponen un parche temporal en el tratamiento de esas patologías. La solución no está en alimentarse a base de batidos, sino en implementar pautas de alimentación saludables y duraderas. Y esa podría ser la auténtica puntilla a largo plazo.

FUENTE: https://elpais.com/buenavida/nutricion/2020-10-23/cuestionados-y-con-mas-grasas-el-negro-futuro-de-los-batidos-y-barritas-para-perder-peso.html

lunes, 1 de marzo de 2021

Las dietas erróneas tienen efectos secundarios pero es posible rectificar, adelgazar y sanar con una dieta equilibrada y fiable

 

Cómo compensar los estropicios de llevar una dieta desastrosa durante años

“El cuerpo es muy agradecido y aunque lo maltrates siempre te da una oportunidad para que lo vuelvas a cuidar”, dice la endocrinóloga Paloma Gil del Álamo. Y nunca es tarde para empezar




Zamparte unas patatitas a mediodía y una palmera de chocolate para merendar no era una costumbre problemática a los 15 años. La báscula ni se inmutaba. Tampoco dejaban huella aquellos veranos de tres meses de juerga, seguidos de inviernos de economía universitaria pasados los 20: arroz y pasta con tomate de bote, cervecita, muchos hidratos (de los malos), chorros de grasa, poca proteína y menos verdura… ¿o sí? Porque todo suma, y las cosas comenzaron a cambiar a partir de los 30. Y mucho. Ahora, ¿a cuánto asciende la factura de haber llevado una dieta desastrosa durante años? Eso es lo que te preguntas en este momento, eso y hasta qué punto se le puede dar marcha atrás al reloj.

Depende de los malos hábitos y de la genética, y no hay una vuelta atrás clara en todos los casos, pero Paloma Gil del Álamo, especialista en Endocrinología y Nutrición, da motivos para la esperanza: “El cuerpo es muy agradecido y aunque lo maltrates siempre te da una oportunidad para que lo vuelvas a cuidar”. Pues manos a la obra.

No es adelgazar, llámalo cuidar la salud metabólica

Lo normal cuando uno quiere cuidarse después de años de una dieta para olvidar es proponerse adelgazar. Pero no todo es perder peso. Lo importante es centrarse en parámetros como la grasa abdominal, los niveles de colesterol y triglicéridos, la tensión arterial y la resistencia a la insulina (el azúcar en sangre), que lleva a la diabetes. Son muchos frentes, suficientes para abrumar a cualquiera, pero todos sabemos lo primero que hay que examinar para evaluar los daños de no haber comido como es debido durante tanto tiempo.

La huella más evidente que dejan años de una dieta desastrosa se esconde bajo la piel, pero aun así se ve claramente. Se trata de la acumulación de grasa en el abdomen, que encuadra al cuerpo en una clasificación que se conoce como “tipo manzana” por proyectar una imagen más bien redondeada. Habrás leído que la grasa es buena porque almacena vitaminas y sintetiza hormonas, que es un elemento clave en la formación de las células, que hay alimentos que es bueno comer aunque sean pura grasa… Todo ello es cierto, pero cuando la grasa corporal se almacena en el abdomen, solo hay malas noticias.

En este caso, el tejido se infiltra entre órganos internos como el hígado y en los músculos, y, a diferencia de cuando se almacena bajo la piel de los muslos y las caderas —y da forma al cuerpo “tipo pera”—, se ha relacionado con un aumento del riesgo de sufrir numerosas enfermedades, entre las que figuran las cardiovasculares, la diabetes, la hipertensión y ciertos problemas respiratorios, aparte de algunos tipos de cáncer. Esta acumulación de grasa puede aumentar independientemente del peso, una circunstancia que conocen bien algunas mujeres después de la menopausia. La influencia de este cúmulo de grasa impresiona: un estudio publicado en la revista Annals of Internal Medicine concluyó que grasa abdominal es un factor de riesgo de mortalidad mayor que la obesidad. La barriga cervecera no debería ser motivo de broma, pero hay una buena noticia: la manzana se puede tirar del árbol, uno puede aspirar a un perímetro abdominal saludable de 88 centímetros en la mujer y 102 en los hombres. Y dejar atrás la influencia de la grasa viscera

Para conseguirlo, lo fundamental es tener en cuenta que el origen de la barriga está en el exceso de calorías, que es especialmente importante cuando se alcanza la madurez. El organismo gasta aproximadamente un 5% menos de energía en reposo cada década que pasa, de manera que si has superado la barrera de los 40 quemas del 15% al 20% menos calorías que cuando tenías 16 años... solo mientras duermes. Si no reduces la ingesta energética, que la manzana crezca es inevitable. Es difícil dar una cifra exacta pero, según un ensayo clínico publicado en la revista The Lancet, una restricción de alrededor del 12% de las calorías durante dos años, aparte de provocar una pérdida de grasa, reduce la incidencia de numerosos factores de riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. Una reducción de 300 calorías diarias puede ser una aspiración productiva. No es sencillo, pero es posible.

Nunca es tarde: lo que dice el mayor ensayo en nutrición

Una barriga prominente es una señal que no falla, pero hay otros parámetros que indican un incremento del riesgo de sufrir enfermedades como las cardiovasculares y la diabetes, de esos que salen a la luz con los análisis de sangre. Por ejemplo, el del colesterol alto. Según los datos de la Sociedad Española de Cardiología, el 20% de los españoles mayores de edad presenta un valor de colesterol por encima de 250mg/dl, un punto en el que se impone una visita al médico, y en algunas ocasiones se debe a la dieta (la predisposición genética, el consumo de algunos fármacos y otras enfermedades de base también están entre las causas más comunes). Con todo, se estima que el organismo sintetiza entre el 80% y el 85% del colesterol de la sangre, y que solo entre el 15% y el 20% restante está relacionado con la alimentación. Cuando el problema se agrava la medicación es innegociable, pero el colesterol puede controlarse con la dieta hasta cierto punto, y cuidarla es muy importante en el capítulo de la prevención.

Lo más importante es “no consumir grasas parcialmente hidrogenadas, principal fuente dietética de grasas trans, y azúcar (en lugar de las grasas saturadas, a las que se consideraba hasta ahora las principales culpables de todos nuestros males)”, matizó a esta revista Oihana Monasterio como integrante del Grupo de Especialización en Nutrición Clínica de la Academia Española de Nutrición y Dietética. Al primer grupo, al de las hidrogenadas, pertenecen algunos aceites vegetales como el de coco y el de palma, ricos en ácido esteárico y palmítico, respectivamente, muy utilizados en la bollería industrial y en la elaboración de alimentos ultraprocesados que es bueno dejar de lado, igual que el alcohol.

¿Pero en qué medida se puede revertir el daño causado? Lo cierto es que los factores interpersonales son tantos y tan variados que hacer este cálculo para la hipercolesterolemia, hipertensión y diabetes no es sencillo. En el primer caso se puede conseguir con medicación y cambios en el estilo de vida; en el último, el riesgo se puede anular por completo con dieta y ejercicio en un estado previo a la enfermedad que se conoce como prediabetes, y no tanto después, pese a que estudios científicos han detectado una pequeña tasa de pacientes que han conseguido revertirla con dieta y ejercicio: un análisis de 257 personas observó que los cambios de hábitos de vida, que desembocaron en una pérdida de peso de alrededor del 10%, consiguieron revertir la enfermedad en los primeros 5 años después del diagnóstico. La hipertensión no se cura, pero se puede controlar. No solo es necesario disminuir la ingesta de sal para conseguirlo, aumentar la de potasio también funciona. No se trata de atiborrarte de plátanos y dátiles, sino de dejar los alimentos ultraprocesados —cuyo contenido en sodio es altísimo— y aumentar el consumo de verdura y vegetales, por ejemplo. La dieta DASH, diseñada por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos para controlar el trastorno, es un efectivo compendio de consejos.

De lo que hay cifras más claras es del riesgo de desarrollar síndrome metabólico, que se diagnostica cuando una persona cumple tres de estos cinco factores de riesgo: hipertensión, hipercolesterolemia, azúcar en sangre alto, nivel elevado de triglicéridos y exceso de grasa abdominal. Según el estudio Predimed —el ensayo más grande de nutrición que se ha hecho nunca y que ha dado la vuelta al mundo—, la dieta mediterránea enriquecida con aceite de oliva o nueces añadidas revierte un 28% la incidencia de este síndrome, un porcentaje similar al que se puede aplicar a los eventos cardiovasculares.

Según Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Medicina Preventiva de la Universidad de Navarra y uno de los máximos responsables del estudio, estos datos son elocuentes: "Nunca es tarde para cuidarse”. Para el estudio —cuenta— reclutaron a 7.500 participantes de al menos 55 años (la edad media era 67) con diabetes tipo 2, o bien muy cargados con factores de riesgo cardiovascular. Todos ellos tenían un deterioro patente del metabolismo, más del 80% eran hipertensos mantenidos. Una intervención con dieta mediterránea durante una media de casi cinco años redujo en un 30 % su riesgo de infarto, ictus, muerte cardiovascular y les mejoró notablemente la calidad de vida. “Es la mejor prueba científica de que nunca es tarde para usar un patrón dietético que mejore el estado de salud y la calidad de vida de personas que ya tienen una trayectoria larga de malos hábitos”, dice Martínez-González.

Una historia de inflamación y daños celulares

La mañana es gélida en San Francisco. Dos amigas, Kara y Lisa, sorben café y hablan de sus trabajos, sus quehaceres y sus interminables listas de tareas. Kara se encuentra cansada, no se libra ni de uno de los catarros que circulan por su oficina y a veces siente cómo el corazón galopa con desenfreno cuando se acuesta. Le preocupa. Y está demacrada. Por el contrario, a Lisa se la ve radiante, le brillan los ojos y la piel, le sobra tiempo para hacer sus tareas. Está llena de energía. Las diferencias respecto a Kara se notan en el pelo y en la piel, pero más aún por debajo de ella: tienen la misma edad cronológica, pero la biológica es muy distinta. En parte, se debe a la dieta.

Con la historia de Kara y Lisa comienza La solución de los telómeros (Aguilar, 2017), un libro de la profesora de Psiquiatría de la Universidad de California en San Francisco Elissa Epel y la premio Nobel en Fisiología y Medicina por su trabajo sobre los telómeros Elizabeth Blackburn. Los telómeros son las regiones que cierran los cromosomas, como los herretes mantienen de una pieza los cordones de los zapatos. Los investigadores han observado que se hacen más pequeños con el tiempo hasta que son demasiado cortos como para impedir que el ADN se degrade. “La longitud de los telómeros se ha propuesto como un biomarcador de la edad. Cuanto más cortos sean, más se acelera el envejecimiento”, explica Gil del Álamo. En el caso de Kara y Lisa, ambas tienen 50 años, pero la primera se ha adentrado en una zona de la vida marcada por las enfermedades, mientras Lisa, al ritmo que lleva, no lo hará hasta los 75.

Evitar acabar con el cuerpo tipo manzana es una de las cosas que se puede hacer para cuidar los telómeros. La buena noticia es que, igual que se van recortando, tienen la capacidad de crecer cuando se modifican ciertos hábitos de vida. Pero hay muchos factores a tener en cuenta. Por ejemplo, está el estrés oxidativo, por el que las células comienzan a producir radicales libres que acaban dañando el ADN, y que aumentan el riesgo de enfermedades como algunos tipos de cáncer, diabetes, patologías cardiovasculares, enfermedades neurodegenerativas como el párkinson y el alzhéimer, complicaciones reumáticas... Por supuesto, acelera el envejecimiento. Hay muchos factores que contribuyen a causar estrés oxidativo, como la contaminación, fumar y la exposición excesiva a la luz solar, pero una buena alimentación contribuye a anularlo a través de los famosos antioxidantes.

Estos compuestos están en la fruta la verdura cítricos, bayas, ciruelas, zanahorias, manzanas, tomates, patatas (de estas no conviene comer demasiadas, especialmente fritas), legumbres, cereales integrales… Favorecer su consumo es una buena idea, pero no esperes milagros, ningún alimento tiene poderes sobrenaturales. Con todo, hay datos que sugieren que una dieta como la mediterránea —alta en grasas buenas como el aceite de oliva y los omega-3 de las nueces, frutas y verduras— ayuda a prevenir un segundo episodio a las personas que han sufrido un ataque cardíaco.

Luego está la inflamación. Por una parte, el repunte de la glucemia origina un incremento de la producción de citocinas, que son una especie de mensajeros que van por el organismo haciendo que se produzca una inflamación leve pero mantenida. A la larga, resulta fatal. Este estado inflamatorio crónico podría contribuir al desarrollo de la diabetes, y se ha relacionado con la insuficiencia cardíaca y la enfermedad renal crónica. El exceso de glucosa, patatas fritas, carbohidratos refinados (pan y arroz blancos) dulces, refrescos y bollería en la dieta tiene consecuencias importantes para la salud.

La relación de la inflamación con el envejecimiento es tan clara que los científicos tienen un término exclusivo para ella: inflammaging (contracción de las palabras inflammation aging, “inflamación” y “envejecimiento”, en inglés). Este estado carece de síntomas visibles, pero produce efectos sistémicos en todo el organismo que pueden pasar inadvertidos. Aparte de citocinas, una mala dieta favorece la producción de la proteína c-reactiva, otro marcador de inflamación que también está muy relacionado con el consumo excesivo de alcohol. La alimentación contribuye a rebajar esta inflamación (no solo por dejar la bebida) a través de compuestos antiinflamatorios que aportan alimentos como las frutas del bosque, las bayas, uvas, manzanas, la col, el kale, brócoli, las cebollas, cebolletas, los tomates… Contienen sustancias como los flavonoides, carotenoides, antocianinas y flavonoles, algunas de las cuales también son buenas para el estrés oxidativo. Los pescados grasos, frutos secos, semillas de lino, aceite de lizana, verduras de hoja y omega 3 se han relacionado con una mejoría en este marcador, según recoge el libro de Blackburn y Epel. Por otra parte, hacer sesiones combinadas de piernas y brazos en el gimnasio tiene un efecto inmunomoduladores y antiinflamatorios, según un estudio. Porque está claro que una buena dieta no lo es todo: el ejercicio también es importante.

FUENTE: https://elpais.com/buenavida/nutricion/2020-10-17/como-compensar-los-estropicios-de-llevar-una-dieta-desastrosa-durante-anos.html


domingo, 21 de febrero de 2021

Los aspectos de nuestra vida que provocan los excesos alimenticios

 

No es hambre, es que duermes poco, te pasas con el azúcar, te gana el olfato… ¿Qué puedes hacer?

Cinco pasos y dos consejos para no acabar con un agujero en el estómago, mal carácter, flojera...




Hablando de dietas, el mes pasado abordábamos un tema interesante en la edición en papel —que vuelve mañana con EL PAÍS—. El asunto en cuestión es la procedencia del monstruo insaciable que a todos nos ha ganado el pulso ante la nevera, mostrando, e imponiéndonos, una irrefrenable atracción por la deglución. El estómago se alimenta de más cosas que del comer, decíamos: “El cansancio, el estrés y la ansiedad también intervienen, así que, como ve, para no sentir gusa hay que tratar muchas más cosas que no son solo lo que comemos”. Para ponerlo más difícil, el mismo reportaje apuntaba que hay distintos tipos de hambre que quizá le suenen: está la física, la emocional, la del paladar... En el número de BUENAVIDA que ve la luz mañana retomamos este último asunto, que también tiene su miga.

Para empezar hay que distinguir el hambre del apetito. “El hambre es la necesidad fisiológica de ingerir alimentos para obtener la energía y los nutrientes que necesita el organismo, mientras que el apetito es el deseo consciente de comer algún producto concreto”, matiza María Soto Célix, miembro del Grupo de Especialización de Nutrición Clínica de la Academia Española de Nutrición y Dietética. Pero el efecto de ambos es el mismo: un agujero en el estómago, mal carácter, flojera... “A la hora de querer o necesitar alimentos, hay varios aspectos que interaccionan: neurobiológicos, fisiológicos y psicológicos, señales hormonales, sensoriales, metabólicas...; contracciones gástricas que llegan a generar malestar con náuseas e irritabilidad [aquí está la razón del mal humor]; bajada de nivel de glicemia o glucosa en sangre [flojera]”, y antojos por el puro placer de comer o por el valor de premio o el consuelo que otorgamos a ciertos caprichitos... Veamos qué se puede hacer.

Primer paso: saber a qué nos enfrentamos. Es esencial para combatir y vencer. Ya aprendimos que no hay dietas que funcionen sin el peaje de pasar hambre y que cuanto antes nos quitemos los kilos cogidos (echémosle la culpa a la semilibertad), menos se enquistarán. El siguiente paso es descubrir cuáles son tus armas. ¿Qué hace que subas o bajes el volumen? Los frentes se multiplican, puesto que “distintos factores modulan que nos sintamos vacíos o llenos”. Ejemplos, por favor. “Las propias características organolépticas de los alimentos, como el color, el olor, la textura, el sabor..., envían información al cerebro, que comienza a liberar señales; el sistema nervioso central recibe datos de cómo está el balance energético y lanza mensajes a los sistemas periféricos que provocan las sensaciones de hambre y saciedad”, continúa la dietista-nutricionista. La composición nutricional de lo que nos llevamos a la boca juega un papel fundamental: las proteínas son los macronutrientes que más sacian, seguidas de los hidratos de carbono —”que inhiben el hambre a corto plazo por la liberación de insulina"— y, por último, están las grasas, “cuyo efecto saciante es muy limitado”.

Tercero, buscar enemigos en nuestras propias filas. ¿Qué hacemos que lo pueda empeorar? “Hay muchas situaciones cotidianas que aumentan o disminuyen la sensación, como el ayuno o el sueño, y también varía según el gasto energético: por la mañana se tiene menos y a mediodía, más”, explica la también coordinadora del Grado online de Nutrición Humana y Dietética en la Universidad Isabel I.

Cuartointerceptar los sentidos: la vista, porque un plato bonito, brillante, jugoso y colorido, anima a disfrutar. “Con uno desagradable a los ojos, probablemente no lo hagamos porque inconscientemente lo asociamos a algo tóxico”. Voy preparando las vendas. El olfato, por la misma razón. Además, supone el 80% del sabor. Y a quién le apetece algo insulso. Sobre el gusto: “Es el que más nos influye porque favorece los reflejos de salivación, masticación, etcétera, y también ayuda a detectar la cantidad de alimentos, animando al cese de la ingesta”. En cuanto al oído, escucha bien el crujir de unas galletas, unas patatitas fritas, un pan recién horneado, y luego di que no influye... “Generan sensación de bienestar”, dicen los libros. Finalmente, el tacto, que también es responsable de un 10% del sabor, según los estudiosos, “e influye en la aceptación de muchos platos”.

Quinto y último: examen de conciencia. “En muchas ocasiones comemos sin hambre y la sensación de recompensa o placer que se obtiene puede dar lugar a sobreingestas”. Y elegir mejor con qué nos llenamos el buche... “Ciertas cosas tienen un vaciado gástrico muy rápido, como las bebidas azucaradas, pudiendo hacer que no se genere sensación de saciedad”, zanja la dietista-nutricionista.

Y, de postre, dos trucos de Amparo Tárrega Guillem, investigadora del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos del IATA/CSIC. Invita la casa. El primero es prepararte unas buenas meriendas, o sea, ricas en fibra, ya que ayudan a evitar picar entre comidas; el segundo, tener a mano productos espesos, con texturas y sabores complejos en general, porque "parece que nos sentimos satisfechos y dejamos de comer cuando hemos recibido suficientes sensaciones sensoriales”. Tiene sentido. ¿Acaso no te hartas antes en un cóctel que sentado a la mesa?

FUENTE: https://elpais.com/buenavida/2020-09-10/hambre-o-apetito-no-es-lo-mismo-pero-rugen-igual-de-fuerte.html

domingo, 14 de febrero de 2021

Alimentación saludable, sanidad y economía están sin ninguna duda unidos

 

Un informe estima que una alimentación sana ahorraría un 20% del gasto sanitario



Hasta 14.300 millones de euros se podría ahorrar el Sistema Nacional de Salud (casi el 20% de su gasto total) si los españoles se alimentaran de forma adecuada. Es una de las principales conclusiones del informe «Alimentación, factor de salud y sostenibilidad», que analiza distintos factores relacionados con la nutrición, desde el económico al sanitario o de la comunicación.

El ahorro, explica el informe, sería tanto en términos de una menor utilización inadecuada del sistema como en una mejora de la productividad de la población activa y el valor social de alargar la esperanza de vida, por una menor incidencia de enfermedades coronarias, cáncer, accidentes cerebrovasculares, diabetes, fracturas osteoporóticas de cadera y otras patologías derivadas.

Cómo nos informamos sobre alimentación

Cada vez se busca más información sobre vida sana y alimentación, sin embargo también hay una mayor exposición a las noticias falsas. El informe recoge datos del informe “Peligros de la percepción”, publicado por Ipsos en 2018, que concluyó que un 57% de los españoles admitía haber considerado como cierta una noticia que no lo era relacionada con el sector alimentario.

Hay, según esto, un clima de confusión que se alimenta de que, según datos de la Federación Española de Alimentación y Bebidas (FIAB), tres de cada 10 noticias falsas en la red son de alimentación. E influyen, puesto que el 38% de la población modifica sus pautas de consumo ante noticias negativas publicadas en los medios de alimentación. “El problema es que este tipo de informaciones sin respaldo
científico, que se transmiten a través de los medios de comunicación, pueden poner en serio riesgo la salud pública”, apunta en nota de prensa Carmen Mateo, presidenta de Cariotipo y coordinadora del informe.

El informe se ha presentado hoy en la CEOE, que ha colaborado en la elaboración junto a la agencia Cariotipo Lobby & Comunicación y la Fundación Española del Corazón, además del patrocinio de Eurosemillas.

Seguridad alimentaria

El informe no pone solo el foco en la información, también en la importancia de la seguridad alimentaria, que en España se vio recientemente amenazada por un brote como el de la listeriosis, que dejó varios abortos y fallecidos en 2019.

Según este informe, en 2017 se produjeron casi 11 millones de muertes debido a alimentos insalubres y los brotes van en aumento. No en vano, una experta de Seguridad Alimentaria del Ayuntamiento de Madrid indicaba a El Independiente hace unos meses que «la población es cada vez más vulnerable a las intoxicaciones alimentarias».

El informe, que foco en que la contaminación de los alimentos se puede dar en cualquier punto de la cadena alimentaria del productor al propio consumidor, calcula que los alimentos contaminados por
microorganismos o sustancias químicas nocivas causan más de 200 enfermedades, que pueden ser especialmente graves en los menores de cinco años. Según Naciones Unidas, casi una de cada 10 personas enferman cada año en el mundo por ingerir alimentos contaminados y 420.000 mueren.

Un mundo de malnutrición y obesidad

La alimentación en el mundo presenta contrastes como que 820 millones de personas carecían de alimentos suficientes para comer en 2018 mientras que el sedentarismo y la obesidad van en aumento y son epidemias del siglo XXI en los países desarrollados. De hecho, en 2019 la población con obesidadn (850 millones de personas) superó por primera vez a la que pasa hambre, según los datos de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Y aquí el informe, en el que ha participado el catedrático de Nutrigenómica José María Ordovás, hace hincapié en la alimentación como protagonista clave en la prevención de enfermedades no transmisibles.

«El papel de la alimentación es especialmente importante en los primeros años, cuando además se inculcan unos hábitos que tendrán consecuencias a corto y largo plazo. Si esos hábitos relacionados con la alimentación son saludables, reduciremos las posibilidades de desarrollar de forma precoz enfermedades no transmisibles. Por el contrario, descuidarlos tendrá un efecto negativo e irreversible en nuestra salud, aunque las consecuencias no se manifiesten inmediatamente. Los niños con sobrepeso u obesos tienen mayores probabilidades de seguir siendo obesos en la edad adulta y de padecer a edades más tempranas enfermedades no transmisibles como diabetes o enfermedades cardiovasculares. Otras patologías que se podrían evitar cuidando la alimentación desde la infancia son determinados trastornos del aparato locomotor como la artrosis, problemas anímicos y ciertos tipos de cáncer», indica el informe.

FUENTE: https://www.elindependiente.com/vida-sana/nutricion/2020/02/13/un-informe-estima-que-una-alimentacion-sana-ahorraria-un-20-del-gasto-sanitario/


lunes, 8 de febrero de 2021

La alimentación sana y equilibrada nos ayuda con nuestra salud en la época de covid

 

Cómo la nutrición puede proteger la salud de las personas durante la COVID-19 (coronavirus)




“Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento”. La idea de que las dietas nutritivas y seguras favorecen la buena salud existe al menos desde la antigüedad, como atestigua esta cita, a menudo erróneamente atribuida a Hipócrates (i). En los titulares de las noticias aparece habitualmente qué debe comerse y qué no, mientras que los consumidores tratan de equilibrar consejos científicos y tendencias de marketing con sus propias tradiciones culinarias, su bolsillo y las alternativas de alimentos locales.

Y en gran parte del mundo, una enfermedad es además sinónimo de pérdida de ingresos. De ahí que la pandemia haya incrementado los desafíos que enfrentan los consumidores, los productores y los encargados de la formulación de políticas en todo el mundo. ¿Qué se necesita para que la alimentación sea más sana? Las respuestas a esta pregunta son más urgentes y pertinentes que nunca.

Ahora que hay tantas personas enfermas por el coronavirus (COVID-19), los riesgos que corren se incrementan por las dietas poco saludables que agravan afecciones preexistentes.

No hay certezas sobre lo que constituye una alimentación saludable ni sobre cuáles son las intervenciones políticas apropiadas. Sin embargo, un creciente número de pruebas y análisis revelan acciones que pueden salvar vidas y, en el mejor de los casos, mejorar el bienestar de miles de millones de personas.


La calidad de las dietas es fundamental para la salud

La dieta es un factor fundamental para el estado de salud de las personas en todo el mundo. La alimentación no es una preocupación secundaria: según el informe Global Burden of Disease 2017 (Estudio de la carga mundial de morbilidad 2017), los riesgos metabólicos fueron los responsables de la mayoría de los cinco principales riesgos de discapacidad y muerte (i). Más de 2000 millones de personas tienen sobrepeso o son obesas (PDF) y más del 70 % de ellas se encuentran en países de ingreso bajo y mediano (i). Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 600 millones de personas se enfermaron y 420 000 murieron prematuramente debido a alimentos contaminados en 2010, socavando la salud y la seguridad nutricional. Y nuevas evidencias obtenidas sugieren que los pacientes con afecciones preexistentes relacionadas con la dieta, como la obesidad grave (i), las enfermedades cardíacas y la diabetes, están sufriendo consecuencias más serias derivadas de la COVID-19, entre ellas una intensificación de la enfermedad y una mayor necesidad de cuidados intensivos, incluido el uso de respiradores mecánicos.

La malnutrición también debilita de forma importante el sistema inmunológico de las personas, aumentando las posibilidades de que se enfermen, queden postradas y mueran a causa de la enfermedad. Las carencias de hierro, yodo, ácido fólico, vitamina A y zinc son las más comunes, con más de 2000 millones de personas afectadas en todo el mundo. Esta “hambre oculta” no solo aumenta el riesgo de morbilidad y mortalidad, sino que también contribuye a un crecimiento deficiente, discapacidad intelectual y complicaciones perinatales. Además, reduce el capital humano y las perspectivas de desarrollo de los países.


Se espera que aumente la inseguridad alimentaria y nutricional

La desigualdad mundial en materia de alimentación y nutrición va a empeorar. El Programa Mundial de Alimentos ha advertido de la posibilidad de que este año se duplique la inseguridad alimentaria aguda (i) en los países de ingreso bajo y mediano debido a las pérdidas de ingresos y de remesas. La experiencia de 2008 también apunta a una inminente crisis alimentaria. En estudios realizados en Bangladesh, Camboya y Mauritania se evaluaron los efectos de la crisis mundial de los precios de los alimentos de 2008 (PDF, en inglés) y se observó que había aumentado la malnutrición aguda en un 50 % entre los niños pobres. En otros estudios se encontraron pruebas de un incremento significativo del retraso del crecimiento entre los niños de las zonas urbanas y rurales.

La pandemia de COVID-19 pone en peligro la dieta de las personas debido a la interrupción de los servicios de salud y nutrición,  las pérdidas de los ingresos y empleos, las perturbaciones en las cadenas de suministro de alimentos locales, y como resultado directo de las infecciones entre las personas pobres y vulnerables. Al mismo tiempo, existen evidencias de que la venta de aperitivos y alimentos no perecibles está creciendo rápidamente, a expensas de los alimentos frescos, como las verduras y las frutas, y los alimentos ricos en proteínas, como las legumbres, el pescado y la carne. Según informes, los productores de comida chatarra ven la crisis como una oportunidad para ampliar su cuota de mercado.

La COVID-19 pone en peligro la dieta de las personas debido a la interrupción de los servicios de salud y nutrición, las pérdidas de los ingresos y empleos, las perturbaciones en las cadenas de suministro de alimentos locales, y como resultado directo de las infecciones entre las personas pobres y vulnerables.

¿Cómo podemos mejorar el acceso a alimentos sanos cuando las personas más los necesitan?  ¿Y qué podemos hacer para limitar el daño causado por las dietas poco saludables? Proponemos tres áreas de acciones inmediatas y a mediano plazo.

1. Garantizar alimentos a precios asequibles para las comunidades pobres

La primera área de acción es la adopción de políticas que aseguren la disponibilidad de alimentos a precios asequibles para los más vulnerables. Recordando enseñanzas de experiencias pasadas, instituciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Banco Mundial y el Programa Mundial de Alimentos (i) se han unido a los ministros de Agricultura de los países del Grupo de los Veinte (G-20), la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN), la Unión Africana y América Latina y el Caribe y están pidiendo a los países exportadores que eviten las interrupciones en el comercio y mantengan el flujo de alimentos e insumos agrícolas a través de las fronteras.

La atención en el comercio internacional debe complementarse con medidas para mantener la producción, la elaboración y la comercialización de alimentos nacionales en condiciones funcionales y seguras, a pesar del distanciamiento social y las restricciones de movimiento. Y los programas de protección social son esenciales para proporcionar recursos a las familias que han perdido la capacidad de comprar alimentos.

2. Asegurar una mejor nutrición

La segunda área no es menos importante: los países deben ir más allá de los alimentos básicos de alto contenido calórico y asegurar una mejor nutrición para aumentar la resiliencia de las personas y reducir los riesgos de enfermedades preexistentes  relacionadas con la dieta y de intoxicaciones alimentarias. En lo que respecta a la agricultura, esta medida puede adoptar muchas formas, desde el fomento de los huertos caseros, la plantación de cultivos biofortificados y la diversificación de alimentos producidos para el consumo interno hasta la mejora de las cadenas de frío para los alimentos nutritivos perecibles y de los mercados de alimentos frescos y las inversiones en seguridad alimentaria (i).

La intensificación de la asesoría nutricional, el fomento de la lactancia materna y la lucha contra la desinformación sobre la transmisión de la COVID-19 contribuirán a preservar el papel de los alimentos nutritivos como aliados contra las enfermedades.

En el ámbito de la salud, la intensificación de la asesoría nutricional (proporcionada, por ejemplo, por medio de los teléfonos celulares que estén asociados a transferencias monetarias, o a través de trabajadores comunitarios), el fomento de la lactancia materna y la lucha contra la desinformación sobre la transmisión de la COVID-19 contribuirán, especialmente en tiempos difíciles, a preservar el papel de los alimentos nutritivos como aliados contra las enfermedades. En el diseño de las intervenciones es mucho lo que se puede aprender de las conclusiones de la Iniciativa para la Seguridad Alimentaria y Nutricional en Asia Meridional (SAFANSI) (i). Otro recurso clave es la herramienta Optima Nutrition (i), desarrollada en asociación con la Fundación Bill y Melinda Gates para ayudar a mejorar la eficiencia del gasto en nutrición y llegar mejor a los grupos vulnerables como las mujeres y los niños.


3. Reorientar el gasto público para mejorar la salud y la nutrición

La tercera área sobre la que es posible actuar desde ya es la reorientación del gasto público para que se corresponda con los objetivos de salud y nutrición. El cultivo y el consumo de alimentos pueden ser en gran medida actividades de la esfera privada, pero están condicionadas de innumerables maneras por las políticas públicas y por incentivos  que, según un estudio realizado por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) en 53 países, alcanzan los USD 500 000 millones al año (i). Es difícil obtener datos, pero se cree que la mayoría de los planes de apoyo a los precios están dirigidos a un reducido número de cultivos que constituyen los ingredientes básicos de alimentos envasados ricos en carbohidratos y pobres en nutrientes.

Por otra parte, las frutas y verduras siguen siendo sumamente caras en muchos países. El apoyo público a los cereales y el azúcar, combinado con la comercialización privada y el envasado inteligente, está fomentando la transición a dietas poco saludables en los países de ingreso bajo y mediano. Por ejemplo, en Nepal, ciertos datos (i) muestran que los aperitivos y las bebidas no saludables constituyen casi el 25 % de la ingesta calórica de los niños de 1 a 2 años de edad.

La seguridad alimentaria es fundamental: se calcula que, cada año, las intoxicaciones alimentarias en los países de ingreso bajo y mediano representan USD 110 000 millones en pérdidas de productividad y gastos médicos.  También es urgente abordar la obesidad. Un nuevo estudio del Banco Mundial sobre las consecuencias sanitarias y económicas de la epidemia de obesidad (i) alienta a los Gobiernos a aumentar los impuestos sobre los alimentos poco saludables y a regular su comercialización y publicidad. A partir de las enseñanzas de ejemplos exitosos como los de Chile y México, en el estudio también se insta a los Gobiernos a subvencionar alimentos más sanos y a exigir un etiquetado adecuado en los alimentos procesados. Más de 47 países ya están aplicando estos enfoques.

Una acción más inteligente en materia de gasto público, especialmente con la puesta en marcha de medidas impositivas sobre artículos como las bebidas azucaradas, ayudaría a generar recursos en momentos de restricciones presupuestarias y de aumento de los programas públicos de protección social. De esta manera se crearía más espacio fiscal para intervenciones sanitarias y nutricionales que pueden ayudar a combatir las enfermedades infecciosas como la COVID-19 y, al mismo tiempo, generar resiliencia para las generaciones futuras.


FUENTE: https://blogs.worldbank.org/es/voices/como-la-nutricion-puede-proteger-la-salud-de-las-personas-durante-la-covid-19-coronavirus